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María prototipo de la misión claretiana


El legado del Corazón de María que nos heredó San Antonio María Claret es vida hecha presente aquí y ahora en la historia que estamos escribiendo.

Corazón de María

Hemos escuchado y estudiado en varias ocasiones la vida de Claret y la gran influencia que tuvo María en su caminar. Él mismo nos describe algunas situaciones en las que experimentó su cercanía: su tierna devoción infantil, salvado por su intercesión en la orilla de una playa; su victoria ante la tentación que ponía en riesgo su vocación apostólica, las oraciones que escribió en el noviciado (cfr. Aut. 153 - 164), etc.

En otras palabras… El legado del Corazón de María que nos heredó San Antonio María Claret es vida hecha presente aquí y ahora en la historia que estamos escribiendo.

Claret, en la medida que va descubriendo y contemplando a María, va tomando conciencia de su propia identidad como hombre, como hijo y como enviado. A lo largo de su vida él nos trasmite, especialmente en sus escritos, la experiencia filial vivida desde lo más profundo de su ser.  

Nosotros, herederos de esta vivencia cordimariana, sabemos y sentimos que es algo que constituye nuestro vivir; es parte de nuestro carisma misionero. Como Claret, sabemos y sentimos que María es para cada uno de nosotros, nuestra Madre, madrina, maestra, directora y todo después de Jesucristo (cfr. Aut 5).

Aleccionados y dirigidos por ella, como auténticos misioneros inquietos por animar bíblicamente nuestra acción pastoral, no podemos relegar algunas de sus actitudes que nos trasmite el Evangelio:

1. Escuchar y guardar la Palabra, acogiéndola en el corazón (Lc 1, 38; 2,19.51).

2. Alabar y dar gracias a Dios, entonando con María el Magnificat, por los acontecimientos salvíficos realizados por Él en favor de la humanidad (Lc 1, 46-55).

3. Llevar y mostrar a Cristo a nuestro Pueblo, como hizo nuestra Madre en la Visitación y en la adoración de los pastores y de los magos (Lc 1,39-45; 1,15ss; Mt 2,11).

4. Interceder en favor de los necesitados, como hizo Ella en Caná (Jn 2,1-11) y en el Cenáculo en la espera del Espíritu (Hch 1,14).

5. Engendrar y alimentar la vida de fe de los fieles, como hizo Ella cooperando con la acción del Espíritu en la Encarnación y nutrimento de su Hijo (Lc 1,34ss.; 11,27).

6. Ofrecer y ofrecerse junto con Cristo al Padre, como hizo María en la Presentación (Lc 2,22-35) y en el sacrificio de la Cruz, consintiendo amorosamente en la inmolación de la víctima que Ella misma había engendrado (cf. LG 58).

7. Mantener viva la tensión escatológica implorando el retorno de Cristo, como la esposa que aguarda a su Señor (cf. Ap 22,10; Mt 25,1-3). María, la esposa virgen fiel, ha de ser imitada en su actitud de espera confiada como madre, como discípula y como modelo de la Iglesia suplicante que, en su Asunción, anticipa la vocación final de toda la humanidad.

María es el corazón de la Iglesia y “…Un Hijo del Inmaculado Corazón de María…” (CC 9), ha de formarse en esa fragua ardiente de amor materno a fin de cooperar con su oficio maternal en la misión apostólica (CC 8). 

Sigamos siendo agradecidos con Dios y con María, por tantos favores que hemos recibido y por seguir siendo Misioneros fraguados en su corazón. Que seamos fervorosos en nuestro trabajo y con su ayuda sigamos buscando, como Claret, la salvación de las Almas.

 

P. Jorge Vargas Santoyo, CMF

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