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Una Nueva Familia: Nuestra Congregación

¡Qué hermoso es poder compartir con otros el gozo de pertenecer a una misma familia! En la comunión familiar nos sentimos todos agraciados por el don que cada uno representa para toda la comunidad

Una Nueva Familia“Familia” es una palabra que encuentra profundas resonancias en el corazón de cualquier persona. Son resonancias con diversos acentos y modalidades según los distintos contextos culturales, pero, para la gran mayoría, “familia” es una palabra que suscita sentimientos entrañables. En la familia nacimos y nos formamos, en ella fuimos amados y aprendimos a amar, en la convivencia familiar se fueron cimentando los valores que luego han configurado nuestras actitudes y nuestros proyectos. Con frecuencia hemos constatado cómo la falta de un ambiente familiar adecuado ha supuesto graves perjuicios para la vida de algunas personas, sobre todo en las primeras etapas de su vida.

El modelo de familia ha ido variando a lo largo de los tiempos, a diversos ritmos en cada contexto cultural. En los países con mayor desarrollo económico se ha pasado del modelo de “familia extendida” al de “familia nuclear”, en otros lugares continúa todavía el modelo de “familia extendida”, aunque todo ello sigue evolucionando, a ritmos distintos pero de un modo inexorable. De todos modos, la familia sigue y seguirá siendo el elemento fundamental de la sociedad.

Todos nos sentimos parte de la familia que nos acogió y nos introdujo en la red de relaciones humanas en las que se desarrolla la vida. Nos sentimos verdaderamente agradecidos a nuestras familias. La vida de la familia y de cada uno de sus miembros nos interesa y preocupa. Procuramos mantenernos cercanos a ellos y los acompañamos en las distintas circunstancias de la vida. La familia es siempre un punto de referencia importante.

El documento “Hombres que arden en caridad” del último Capítulo General nos llama la atención sobre un nuevo ámbito de experiencia familiar: la Congregación. Es verdad que la palabra “familia” está usada analógicamente, pero quiere expresar una realidad que abraza toda nuestra persona y todos los ámbitos de nuestra vida. Nos dice el documento capitular: “A la Congregación, por tanto, no nos une un contrato que podemos rescindir a voluntad. No se trata de una asociación a la que dedicamos parte de nuestro tiempo y energía. Es la nueva familia en el Espíritu que no se basa en la carne y en la sangre sino en el amor y en la escucha, acogida y proclamación de la Palabra de Dios (cf. Mt 12,46-50; Jn 15,12). Nuestra nueva relación y nuestra vida, se significa y realiza en la Eucaristía y se alimenta en la oración, el estilo de vida familiar, la corresponsabilidad en el gobierno y la colaboración en la misión común (cf. CC 12-13)”.

Nuestra Congregación nació como comunidad. El P. Fundador y sus cinco compañeros se sentían movidos por el mismo espíritu (cf. Aut 489). El Señor los convocó a formar una comunidad en la que experimentaran aquella presencia del Espíritu que une a las personas con vínculos más fuertes que cualquier otro y en la que encontraran la motivación y el apoyo necesario para consagrarse a la misión de anunciar el Evangelio. La historia de la Congregación nos demuestra que cuanto más fuerte ha sido la vivencia del vínculo comunitario, más gozosa ha sido la experiencia vocacional de cada uno y más eficaz la proyección misionera. El testimonio de nuestros hermanos mártires de Barbastro es significativo en este sentido -se sintieron verdaderamente hermanos apoyándose en el camino hacia el martirio- y lo es también el de otros claretianos que tuvieron que afrontar el martirio solos pero sintiéndose parte de una familia que sabían que los llevaba en su corazón.

Amar a la Congregación es amar a la propia familia. Interesarse positivamente por la Congregación es la consecuencia natural de sentirse parte de esta familia. Trabajar por la Congregación, tanto en la propia comunidad como en el ámbito universal, es el modo de expresar nuestro sentido de pertenencia a esta familia que nos ha acompañado en el crecimiento de nuestra experiencia de fe y nos sigue sosteniendo en el camino vocacional. Me cuesta entender la actitud de quienes no se preocupan por conocer su historia o su realidad actual. Conocer mejor el desarrollo de la Congregación y la vida de claretianos que vivieron con radicalidad y gozo su vocación ayuda a responder con mayor generosidad a la llamada del Señor. Creo que hay que insistir más en estos aspectos en los procesos formativos. Por otra parte, hay demasiados claretianos que demuestran una notable ignorancia sobre el patrimonio espiritual y la historia de la Congregación y que, desafortunadamente, no manifiestan especial interés en remediar dicha situación. Se ha hecho un gran esfuerzo por ofrecer en distintas lenguas instrumentos que permitan a todos acercarse a este rico patrimonio congregacional. No los ignoremos, aprovechémoslos. He visto claretianos que han visitado repetidamente Europa y no se han acercado nunca a los lugares claretianos para orar ante el sepulcro del P. Fundador o comprender mejor los inicios de nuestro Instituto.

¡Qué hermoso es poder compartir con otros el gozo de pertenecer a una misma familia! En la comunión familiar nos sentimos todos agraciados por el don que cada uno representa para toda la comunidad. Donde esta comunión se vive con alegría y radicalidad, la comunidad se hace más claramente signo del Reino de Dios y alienta y sostiene con mayor efectividad el compromiso evangelizador de cada uno de sus miembros.

Es triste, sin embargo, ver a quienes solamente reclaman sus “derechos” -que la mayor parte de las veces son simplemente “caprichos”-, que exigen realizar sus propios planes sin tener en cuenta el proyecto de la comunidad, que niegan a la comunidad lo que le corresponde al no entregar lo que han recibido como fruto de su trabajo o como donación o regalo, o a quienes piden fácilmente la secularización o la exclaustración cuando ven que pueden ser ventajosas para sus intereses particulares. Nos duele y nos preocupa que haya hermanos que no se sientan gozosos en la comunidad.

Todos somos protagonistas de la vida de esta familia que es la comunidad claretiana y, por ello, nos deberíamos preguntar qué podemos aportar cada uno. La Congregación es nuestra familia. La familia es el lugar donde se recibe y se aporta. La familia congregacional es el espacio que nos permite sentirnos hermanos y aprender el lenguaje del amor y la generosidad que nos capacita para vivir como hermanos de todas las personas a quienes hemos sido enviados. “Agradecemos el don de la comunidad, como el lugar en el que llegamos a ser hermanos (cf. VFC 11) y potenciaremos las virtudes y actitudes que nos ayuden a crecer en comunión: humildad, sinceridad, corrección fraterna, reconciliación, mutuo aprecio, interés y preocupación” (HAC 56.1). Que la memoria del P. Fundador nos ayude en este sentido.

Os deseo a todos una gozosa celebración de la fiesta de San Antonio M. Claret, nuestro Fundador.

Josep M. Abella, cmf.
Superior General

800x600 Humildemente te pedimos que cuantos en la tierra participaron de nuestra fraternidad claretiana y gastaron su vida en la propagación de tu Reino alcancen el gozo de la felicidad eterna Normal 0 21 false false false ES-MX X-NONE X-NONE MicrosoftInternetExplorer4 /* Style Definitions */ table.MsoNormalTable {mso-style-name:"Tabla normal"; mso-tstyle-rowband-size:0; mso-tstyle-colband-size:0; mso-style-noshow:yes; mso-style-priority:99; mso-style-parent:""; mso-padding-alt:0cm 5.4pt 0cm 5.4pt; mso-para-margin:0cm; mso-para-margin-bottom:.0001pt; mso-pagination:widow-orphan; font-size:10.0pt; font-family:"Times New Roman","serif";}
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